Cuando llega la
hora de marchar, de irse de este mundo, a todos nos gustaría que en el último
suspiro, en la última bocanada de aire, viéramos pasar nuestra vida, y observásemos
momentos felices, llenos de alegría; nos gustaría ver que habíamos aprovechado
nuestra estancia aquí, que conseguimos vivir felices y hacer lo que nos gustó
hacer. Todo el mundo en la vida, hace lo posible, para no descubrir en el
momento de su muerte, que no ha vivido.Y los que se van, ya no tienen porque preocuparse, si han vivido felices, se llevarán un buen recuerdo de la vida. Pero, ¿y los que se quedan? Los que se quedan, sólo pueden recordar, y pensar que, ya no volverán a oír su voz, ni una sola vez más, ni su sonrisa; no podrán volver a mirarle a los ojos y sentir que el mundo se pare. Sólo a algunos les queda el consuelo, que quién se fue, lo hizo queriéndole y tuvo la oportunidad de despedirse de aquella persona, disfrutó, hasta el último momento de los latidos de su corazón, pudo oírlos y compartir los. Pero en cambio otros, no tienen esa suerte, y no tienen la oportunidad de decirles adiós, de ver sus ojos una última vez, antes de que se apaguen para siempre.
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