El
eco de una pisada en un callejón sin gente. Eso era todo lo que podía escuchar.
Mis manos temblorosas me tapaban la cara. Tenía los ojos rojos, tristes y
húmedos de llorar. Nada podía esperar. Multitud de cosas se me pasaban por la
mente, pensamientos que sólo hacían que mi miedo incrementara. Y ahí estaba yo, aterrada, sola, en medio de
ningún lugar. De pronto noté una brisa fría, muy fría. Me quité las manos de la
cara, me sequé las lágrimas con la manga de la chaqueta y me levanté. Sin saber
el motivo por el que lo hice, pero me puse en pie. Miré hacia todos lados, con
la mirada perdida. No había nada que observar en aquel lugar.
El
cielo estaba tapado con grises nubes que anunciaban tormenta. Y como se
esperaba empezó a llover. Al principio me quedé quieta, dejé que las gotas de
lluvia golpearan mi rostro; que escurrieran por él hasta caer. Pero cada vez
llovía con más fuerza, más y más. Entonces corrí, corrí con toda mi alma. Nada
me podía detener. Mis pies golpeaban el suelo repleto de agua, haciendo
salpicar todo alrededor. No podía parar, aunque ya no recordaba de qué huía.
Quizá era el miedo a estar sola. O el temor de no poder encontrarme. Pero por
mucho que lo hiciera, por mucho que caminara ese temor o miedo, o como quieras
llamarlo me perseguía, siempre me perseguía.
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